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Siempre hay un comienzo, un punto de partida, un primer recuerdo de esa primera vez que hicimos algo que tanto nos apasionó. A Yiyi Etchemendy, la apasiona la pintura y en esta entrevista recuerda cómo fueron sus inicios en aquella época en la que a la salida del jardín iba al taller de su papá, que restauraba autos, y se sentaba horas y horas a dibujas en un block de hojas Monitor. “Salía del jardín a las 5 de la tarde y hasta que mi papá se iba a casa me quedaba con él, dibujando” cuenta en esta entrevista que le hicimos en el mes de Junio de 2017, cuando exponía en la Casa Museo Spilimbergo de Unquillo una muestra de sus pinturas.  También nos contó que de chica fue muy curiosa, que nunca se quedaba quieta, que no le gustaba estudiar y que prefería dibujar. Y dibujaba bichos y bichitos. “Un día mis padres salieron de paseo y se enamoraron de estas tierras y compraron un terreno en Mendiolaza. Cuando nos vinimos a vivir acá, con mis hermanos, jugábamos con barro y ahí entré en contacto más directo con los bichos y el monte”, de ese modo comenzaba esta charla de esta artista enamorada de Mendiolaza.

¿Cómo fue ese paso del block Monitor al bastidor?

“En casa nos dedicábamos a la música, mi mamá era concertista de piano, para mí no había mucha diferencia entre pasar de la música al dibujo era algo muy lúdico. El click me hizo cuando una tía me regló, a mis 6 años, un libro sobre los museos del mundo que traía todas las obras de los artistas más importantes. Había fotos del Museo del Prado, del Luvre… fue genial ese regalo y a esa edad. Aunque en la casa de mi abuela también hojeaba libros, ya que ella era ilustradora y en mi casa también había mucha bibliografía, ese libro que me habían regalado era mío. Mío. No podía dejar de pensar por ejemplo en los cuadros de Velázquez y obras como Las Meninas. Yo quería pintar así. Hasta ese momento sólo veía ilustraciones en los cuentos que leía, los clásicos. Con este libro se me abrió el mundo de las grandes pinturas, ahí empecé a pintar, pintaba paisajes, los imaginaba. Fui muy de divagar y estar en las nubes, inventaba paisajes. Lo que más me gustaba también era conocer sobre la vida de los grandes artistas, sus biografías”.

¿Cómo fue tu época de estudiante universitaria?

“En mi casa no estaban muy de acuerdo con que estudiara arte. Mis padres pudieron ver mi trabajo en mi primera muestra. Me acuerdo que mi papá se me acercó y me confesó que no sabía que yo pintaba tan bien. Se me llenaron los ojos de lágrimas en ese momento.»

«Estudié arte en la Universidad Nacional de Córdoba y dejé cuando tuve mi primer hijo, retomando después de bastante tiempo. Mientras tanto tuve maestros como Pedro Pont Verges, quién en primer lugar me enseño  mirar las obras, también estudié con Hugo Bastos, Héctor Benildes Galetto, Rubén Menas que es un maestrazo, Carlos Crespo, Oscar Brandan… todos con increíble vocación de artistas y maestros. Gente que en ese momento exponía y que para nosotros era doble la experiencia de ser alumno y a la vez poder contemplar sus obras en exhibiciones, podíamos conversar ir a muestras juntos, hacíamos crítica de arte. Cada día que se celebra el Día del Maestro pienso en ellos, porque aprendí mucho en esa época, absorbí todo lo que me enseñaron, no me perdía nada. Fueron maestros muy cercanos y accesibles.”

¿Cómo describís tu trabajo?

“Los paisajes que pinto son retazos, composiciones, construcciones de distintos paisajes. A partir de ahí armo el contexto de cómo  cada elemento se va a relacionar con las plantas el entorno de la obra. Siempre trato de tener una especie de fisonomía del lugar. Me gusta que se reconozca el paisaje, saber si se trata de una sierra, de un pino, de un molle, conservar esa fisonomía de los lugares que recorro a diario. Pienso mucho en la armonía de los elementos. Tengo muchos paisajes que recuerdo y que pinto actualmente”.

¿Qué sucede cuando el paisaje pierde su apariencia?

“Para mí Mendiolaza está llena de recuerdos de mi infancia pero ha cambiado el entorno.  Uno poco esos cambios fueron los que me movilizaron a pintar lo que pinto. Me duele mucho ver el cambio tremendo que se produce en el entorno y del modo en el que las grandes empresas que desarrollan un producto inmobiliario destruyen el entorno creyendo que le van a dar una mejor apariencia, quizá estéticamente a ellos les convenga pero para la vida animada esto es un desastre. Me pasó particularmente con una obra titulada “Diquecito” que terminé de pintar un día antes de la gran inundación del 15 de febrero de 2015. El cuadro es un diquecito que está en calma sobre una tormenta tremenda con muchas ramas secas alrededor, al día siguiente ocurrió el desastre de la inundación. Entonces la estética de un paisaje que uno recuerda de hace 40 años atrás a hoy ha cambiado tremendamente no solo por la mano del hombre sino también por los cambios en la naturaleza, que tan naturales no son porque en definitiva el hombre también tiene que ver con ellos. El objetivo de esa obra, es hacer reflexionar a la gente sobre nuestras acciones. Hacemos mucho para que el desastre ocurra, desde que cortamos una planta en casa porque no nos gusta o porque no nos entra el auto hasta quien desvía el curso de un río para hacer entrar agua a un emprendimiento. Todo eso es catastrófico. Me gusta asumir cierto compromiso al pintar, trato de aportar como ciudadana. En lo personal, salgo a caminar por Mendiolaza y veo que criticamos a quien hace un emprendimiento inmobiliario pero sin embargo nosotros no cuidamos las veredas, la basura… veo pájaros picoteando la basura porque ya no les quedan frutos de árboles que comer, o aguas servidas que corren por la calle. Somos muy críticos del otro y nos falta la autocrítica.”

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