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Los vecinos más antiguos de Mendiolaza, deberán recordar a Don Dimas y Leonor, un matrimonio hermoso que hasta hace algunos años vivió en Mendiolaza. Tuvimos la oportunidad de entrevistarlos en el año 2015 en su casa de la Avenida San José de Calasanz, frente a una inmensa arboleda en una tarde fresca que nos esperaron sentados en su jardín, en unos antiguos sillones de hierro blanco. De aquella charla también participo su hija Pilar, quien guió a sus padres en algunos recuerdos algo olvidados.

Don Dimas Cesana y Leonor Sacristán Cánova se conocieron en el año 1949, Villa Allende cuando Leonor asistía a un curso de corte y confección con la hermana de Dimas. Se conocieron, se enamoraron y se casaron. Tuvieron 4 hijos y vivieron un tiempo en Villa Allende en una casa que el papá de Leonor les había regalado. “Vine de España a los 19 años con mis padres, mi padre era constructor, trabajó en Cosquín y después en Villa Allende, donde conocí a Dimas” recordaba Leonor una mujer risueña alegre y que conservaba el acento español sin disimularlo y que le daba un canto alegre a su hablar.

Con el paso del tiempo, Dimas y Leonor tuvieron que vender la casa de Villa Allende y emprendieron la búsqueda de un nuevo lugar para vivir. “Veníamos seguido a Mendiolaza y nos gustaba mucho esta zona”, recordaba Leonor mientras su hija, Pilar ayudaba en la búsqueda de recuerdos, aportaba datos, ordenaba fechas, aclaraba lugares y repasaba algunos nombres de parientes y vecinos. “Mi padre es un hombre multioficio… realmente hizo de todo. Tuvo un peladero de pollos, vendió huevos de gallinas, sifones Drago, fue carpintero, tuvo una retacería, panadería… de todo, hasta el Bar Gloria de Villa Allende que es de la familia”, contaba Pilar.

Por el año 1976, el matrimonio encontró un nuevo lugar para vivir, esta vez en Mendiolaza sobre una esquina donde había -y todavía hay- un almacén propiedad de Belquis Bertoldi de Pedernera. “El almacén estaba funcionando muy bien”, recuerda Pilar junto a sus padres. “Lo que mis padres hicieron fue construir el horno de pan a leña y empezaron a vender pan. Mi papá siempre tenía visión de negocio, nunca se quedó quieto. Entonces alquiló el almacén, que tenía dos habitaciones grandes, en una siguió funcionando el almacén y en la otra puso un bar”, contaba Pilar en esta entrevista hecha hace seis años.

Aunque el bar no tenía nombre, todos lo conocían como el “Bar de Dimas” o el “Bar del Pelado”. Había también una galería en donde Dimas puso un metegol y se armaban campeonatos y una mesa de pool donde se juntaban los vecinos a jugar. Dimas y Pilar recordaban algunos apellidos de aquellos primeros clientes: “Moreno, Catalá, Pepe Anquín”. Pilar se sumaba a la charla aportando datos, empujando la memoria de Don Dimas: “Papá ¿te acordás que había una señora que era Doña Álvarez?… venía todas las mañanas a tomar una medidita pura de Fernet porque según ella se lo había recetado el médico”, y la charla se llenó de risas con ese recuerdo.

PAN RECIÉN HORNEADO

Justo detrás del almacén, Dimas y Don Robles un vecino que se dedicaba a la albañilería, contruyeron un enorme horno para hacer pan. “Era enorme”, recuerda Dimas cuando se le preguntaba por el horno de leña en el que cada día horneaba pan. Vuelve a pensar y confirma “E-nor-me. Hacíamos pan casero, tortillas de chicharrón, tortitas dulces de huevo y de leche. Lo que no hacíamos era pan francés, no había mucha variedad pero vendíamos bien. Me levantaba a las 5 de la mañana y a las 7 ya estaba con la chata cargada repartiendo el pan, según los pedidos que había. El reparto llegaba hasta La Granja y teníamos un ayudante al que le decíamos el Pulga” contaba Dimas. Mientras él hacía el reparto, Leonor se encargaba de cuidar a sus 4 hijos, atendía la despensa y, también, cuidaba la casa. “No recuerdo un solo día en que mi papá no haya salido a vender su pan”, contaba Pilar. “Aunque una vez lo operaron de apéndice y lo reemplazó mi hermano. Siempre cumplió con su trabajo”.

“Al horno se lo alimentaba con leña que buscábamos de los campos cercanos. Pero otro poco la comprábamos porque era un horno grande y no dábamos abasto. El pan que más se vendía era el pan de huevo o el pan de leche, según pidiera el cliente. En los campos de Postay había vacas lecheras y de ahí traían la leche para el pan” recordaba Don Dimas.

Además de tener su oficio de panadero, Don Dimas se las arreglaba para trabajar para el pueblo, así lo explicó en su testimonio del libro Mendiolaza Tierras de Caballos y Tesoros. Cuando en Mendiolaza se formó la comisión de vecinos, en una oportunidad, Robles fue presidente. “Fui tesorero de esa comisión” cuenta Dimas, “Nos juntábamos todos los del pueblo en la casa de Robles y tratábamos de sacar para adelante este poblado. Y se cobraba un impuesto, que no era obligatorio, para mantener las calles y el alumbrado público, sobre todo”.

Don Dimas y Leonor fallecieron ya, pero nos queda el recuerdo hermoso de esta charla compartida en el patio de su casa donde seguramente se habrán tejido mil historias más.

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