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Con más tiempo en casa, la cuarentena se convirtió para algunas familias en el tiempo ideal para concretar ese sueño de tener en nuestras casas la huerta familiar. Algunos echaron manos a viejos canteros, cajones en altura, otros optaron por aprovechar algún espacio del terreno que estaba descuidado y otros conquistaron el terreno baldío del lado y de paso mantienen limpio ese espacio que ahora, les puede dar alimentos.

Son varias las ventajas de contar con un espacio para el cultivo de los propios alimentos y durante la cuarentena se multiplicaron las huertas en Mendiolaza. Entrar en contacto con la tierra, tocarla, manipular las semillas, vivenciar el proceso de crecimiento de los alimentos es uno de los aspectos que resaltan algunas familias huerteras.

REDUCIR orgánicos y GANAR tierra

La curiosidad de conocer más sobre lo que estamos plantando o sembrando, nos ha llevado a indagar también en cuestiones que se relacionan estrechamente con la huerta, como el control de algunas plagas y cómo combatirlas naturalmente o también iniciarse la técnica del compostaje para obtener abono natural con la ayuda de lombrices y de paso reducir la cantidad de residuos hogareños. Eso fue lo que implementó en su hogar Valeria, vecina del Talar que cuenta su experiencia: “Comenzamos con el compostaje por recomendación de mi hermana que vive en Unquillo, mi vecina también lo hace y me regalaba tierra… así que pensé que éste era un buen momento para ponerlo en práctica. Me di cuenta de lo hermosa que es la tierra! No lo había hecho antes porque me imaginaba que sería muy complicado hacerlo o que nos daría mucho trabajo. Aprovechamos esta cuarentena para investigar diferentes opciones y elegimos hacer un pozo para los desechos orgánicos, agregarle lombrices e ir rotándolo a medida que se llena. Nuestros residuos disminuyeron a la mitad o menos. Incluso resolvimos otro problema ya que algunos perros que están sueltos en la calle nos rompían las bolsas de basura en busca de los restos de comida. Ahora no las rompen más”, explica la vecina que además y casi al mismo tiempo dio inicio a una hermosa huerta familiar. “Nos animamos, y desde entonces ha sido una experiencia muy satisfactoria. Tuvimos algunos inconvenientes con los cuises, que a pesar del cerco, entran y se comen casi todo, fue y es terrible lidiar con ellos. Y a pesar de algunos concejos poco saludables creo que lo mejor fue hacer una réplica de la huerta en otro lado y en esta nueva ubicación no tenemos el inconveniente de los cuises, así que compartimos todos las verduras. La huerta es una terapia, la miro todos los días con la esperanza de ver algo nuevo. Y poder comer algo de ahí es una satisfacción tan grande!… nunca lo había experimentado. Lo más lindo es que toda la familia se involucró.”

«Se me secaba hasta un cactus»

Andrea es fotógrafa y vive en El Talar desde hace 15 años, comienza la charla entre risas contando: “A mí se me secaba hasta un cactus. Vivimos acá con nuestros niños: Tizi de 12 años y Lucas de 9. Comenzamos el proyecto de la huerta junto con la cuarentena, fue de manera espontánea cuando una vecina del barrio ofreció semillas agroecológicas y compramos un paquete de acelga, zanahoria, rabanitos, rúcula, lechuga y habas. Proyectamos la huerta en un papel, planificamos el lugar donde correspondía plantar cada verdura para que tuviera las mejores condiciones de sol de acuerdo a lo que cada una necesitara. Luego nos anotamos en el proyecto de Huerta del Ministerio de Agricultura y tuvimos más semillas para plantar. Cualquier recipiente es bueno para cultivar, desde bidones de plástico cortados a la mitad hasta los cajones de manzanas de las verdulerías, ahí tenemos lechuga morada y rúcula. También pusimos dientes de ajo en remojo hasta que soltaron la raíz y los plantamos en un pote de helado. Esto sirve para reciclar estos elementos que de otra manera no tendrían uso. Estamos haciendo plantines de zapallo, calabacín y tomate para que cuando pasen las heladas los podamos llevar al patio. Lo maravillosos de esto fue ver la cara de alegría y asombro de los chicos, que vieron todo el proceso desde la germinación, plantar en tierra las plantas, ver el crecimiento y lo mejor: la primera cosecha de rabanitos. Es una manera de conectarse con la naturaleza, sentirse útiles y responsables cuando la mantienen, sacando los yuyos, acomodando la tierra, regando. No es muy complicada la mantención, al menos por ahora, veremos más adelante como seguimos”.

De la huerta en BALCÓN, a la huerta en la TIERRA

Roxana vive en Mendiolaza desde hace cinco años junto a Luis y Iara de 11 años. “Venimos de vivir en un departamento en Córdoba, a pesar de eso teníamos algunas plantas de tomates y pimientos en macetas. Cuando nos mudamos acá siempre quisimos armar nuestra huerta en la tierra, pero la vorágine del día a día hizo que el proyecto se postergara. Ahora con más tiempo, pudimos concretarlo. Destinamos un espacio cerca de la cocina para cultivar nuestros propios alimentos, siempre tuve la fantasía esa de estar cocinando y poder buscar de la huerta algún tomate, alguna aromática, lechugas… productos propios y frescos. Compramos semillas agroecológicas y plantamos rabanitos, lechugas, acelgas, zanahorias, repollos, endivias, rúcula, puerros. Los resultados tangibles fueron excelentes, pero además disfrutamos mucho de la experiencia familiar y hemos valorado nuestros frutos. Es un placer que no se describe con palabras, ver crecer las semillas, ir día tras día a cuidar, regar, proteger las plantas de perros y gatos… es una experiencia hermosa. Y si bien hemos cometido errores, pudimos repararlos. Por ejemplo no tuvimos en cuenta el cambio de luz así que tuvimos que mudar algunos canteros de lugar, tampoco conocíamos bien el suelo, al cual tuvimos que nutrir para tener mejores frutos. Una serie de cosas que nos animan a seguir intentándolo, seguir plantando y mantener la conexión que se genera con la Pachamana”.

Verduras, frutales y gallinas

Claudia es vecina de Lomas de Mendiolaza comparte su experiencia y dice que es “fabulosa”. “Siempre hemos tenido huerta solo que a raíz de esta pandemia le hemos dado más cuidado, es una experiencia que requiere de mucho trabajo, pero es fantástico cosechar verduras huevos y en nuestro caso compartir la producción con nuestras hijas y nietos. Creo que tenemos que aprovechar que en esta zona hay buena tierra y lotes con grandes dimensiones que posibilitan diversificar los cultivos”, explica mientras muestra parte de su producción en la que hay habas, chauchas, arvejas, frutillas, ajo porro, acelga, espinaca y más.

Sobre cómo han llevado este tiempo de aislamiento, Claudia cuenta que la huerta los ha sostenido anímicamente: “El contacto con la tierra, el agua, estar al sol ha sido un valor agregado a nuestros días. Además tenemos algunos frutales, hacemos pan y hamburguesas de legumbres”. Por si fuera poco, tiene unas 14  gallinas que le dan aproximadamente una docena de huevos por día. Explica que ellas llevan un trabajo extra ya que deben estar en condiciones adecuadas de higiene, con agua, alimento y aserrín limpio. También generan su propio compost con el que nutren la tierra de la huerta y recolectan el agua de lluvia para utilizarla en el riego, aunque en esta época de sequía se lamenta mucho no poder hacerlo.

Poner las manos en la tierra, trabajarla, sembrar una pequeña semilla, preservarla del frío, de los insectos, roedores, pájaros. Darle agua, verla crecer y luego llevarla a la mesa, se ha convertido en un privilegio que se encuentra al alcance de quien tenga entusiasmo y ganas. Ya sea en macetas o directamente sobre la tierra, las huertas familiares se han multiplicado durante la cuarentena que entre muchas cosas sirve para seguir demostrándonos que siempre al tierra estará allí para sostenernos anímicamente o a través del alimento.

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