La tarea pedagógica es esperanzadora

¿Qué recuerdos nos llevan a aquellos primeros días de clases de nuestra escuela primaria? Seguramente, un guardapolvo recién planchado, una cartuchera llena de colores, los afiches de “bienvenidos al colegio”, el ruido de los bancos corriéndose, el miedo a lo nuevo, ese amigo que se sentó a nuestro lado, los bolsillos del guardapolvos de la seño y la seño… ese persona que nos abría las puertas de par en par a lo nuevo, que nos hablaba como cantando y que nos acompañó a lo largo de nuestras primeras letras, números, colores, dibujos. Primer grado es eso, experiencia sensorial pura, compañía, contacto, sonrisas, olor a cartuchera y sonidos del recreo. En esta entrevista quisimos abrazar a tantas y tantos maestros que han convertido sus livings en aulas, sus mesas de comedor, en escritorios y sus paredes en pizarras para acompañar el aprendizaje de que tantos niños y niñas que hoy trasladaron del aula a la virtualidad.

Andrea González es docente cuenta que su primer trabajo fue a los 25 años, una suplencia para dar clases en la Cárcel San Martín de la capital cordobesa. También trabajó en una escuela de adultos, dándole clases a abuelos y abuelas de 80 años. Cuenta que ambas fueron experiencias muy fuertes y apasionantes a la vez. Hoy, esta vecina de Mendiolaza y mamá de dos adolescentes, es maestra del primer grado de la Escuela Pública Honorato Laconi  de barrio Marqués de Sobremonte y al igual que todos y todas los y las docentes tuvo que adaptar su entorno al trabajo virtual. Desde marzo que no va más a la escuela aunque cuenta: “Hace poco tuve que volver al colegio fui a buscar un material y me encontré otra vez con mi aula. Entré y vi el pizarrón intacto como lo habíamos dejado ese último viernes que fuimos a clases”. Desde el    Andrea, como tantos y tantas maestros y maestras trasladó su aula a su casa en donde vive con sus dos hijas en El Talar.

De esa primer y única semana presencialidad recuerda: “Recién comenzábamos a transitar los primeros días de clases. De pronto tuvimos que quedarnos en casa, habíamos tenido solo seis días de actividad por un problema de infraestructura en el edificio de la escuela. En esos seis días alcancé a conocer a los chicos y chicas, les di algunas actividades. El viernes 13 de marzo, nos fuimos y a la noche supimos que se decretaba la suspensión de la presencialidad. Ese lunes empezamos a trabajar en un cuadernillo con los contenidos que quedaban de marzo. Lo armé en base a la secuencia que habíamos estado trabajando en el aula. Pudimos dejarlo en una librería del barrio y también en la escuela, de donde las familias podían retirarlos o fotocopiarlos”.

De aquellos primeros días de aislamiento, la seño cuenta sus sensaciones: “Tuve mucha angustia, hace seis años que trabajo ahí y conozco las realidades de las familias y por eso supe que en algunos casos habría niños y niñas que no iban a tener quién los acompañara en este trayecto. Lo sé porque conozco que hay familias que no todos los días tienen acceso al alimento, entonces hasta que no se articularon los módulos alimenticios que se entregan junto con los cuadernillos de actividades me ponía muy mal. No podía dejar de pensar en esas realidades sin comida. Después de superar ese momento de angustia, pensé en qué podía hacer para que mis alumnos y alumnas supieran que, a pesar de la distancia, yo seguía siendo su seño y que pienso en ellos. En la escuela primaria el vínculo afectivo es fundamental, sobre todo en el primer ciclo, los niños y niñas necesitan ese afecto, poder expresar lo que viven, si fueron a visitar a la abuela, si se les cayó un diente, si nació un hermanito, si tienen un nuevo perro. Hoy ese vínculo pasa a través de un teléfono y articulado por un adulto con quien yo me comunico y le explico que este seguimiento que el docente hace no es una persecución, es una ayuda para que sepan que la educación es un derecho y que la evidencia del aprendizaje en esta instancia es importante, no importa si se avanza mucho o poco, lo importante es que hagan valer la educación como uno de tantos derechos”.

Para acortar las distancias y hacer más dinámicas algunas instancias de interacción, Andrea se valió de un celular, un par de cuentos, la ayuda de una hija que le edita los videos y algunas salidas para recorrer el barrio. Grabó videos en su jardín, con su gata contando un cuento, enseñó a bailar chacareras para los actos patrios que no se pudieron celebrar de modo presencial y les mostró a los chicos y chicas cómo ella salía por su barrio para hacer las compras. Así fue que un día recorrió, una verdulería, una tienda de productos saludables y una panadería. A través del video, les mostró a sus alumnos y alumnas, cuánto gastó, si pagó con monedas o billetes, cómo cruzaba la calle, cómo se pesaron los distintos productos y como a lo largo del recorrido mantuvo a mano su botellita con alcohol en gel y su tapabocas bien puesto. Otro día visitó un vivero, reconoció los árboles y plantas autóctonos, los cactus, las crasas, las flores, los plantines de huerta. “Son salidas como las que haríamos con los chicos y chicas, recorriendo el barrio, en esas salidas nos sentimos que vamos de paseo a un lugar maravilloso, aunque sea el que habitualmente recorremos”.

Aún haciendo lo imposible para estar más cerca de sus alumnos y alumnas, Andrea se lamenta: “Quisiera hacer más, pero estoy limitada por la distancia, porque vivo lejos del colegio. Otras seños que viven más cerca se cruzan con las mamás o papás de los alumnos y alumnas, ese pequeño contacto hace que sepan cómo están o si necesitan algo. Lo que pude organizar fue con un almacén que queda cerca del colegio, para que cada día de cumpleaños se le envíe una bolsita con golosinas a modo de festejo a ese niño o niña.  Es un pequeño gesto, algunos alfajores, unos caramelos, un jugo… para que sepan que hay alguien pensando en ellos o ellas y que ese día tenga alguna sorpresa especial, hay que tener en cuenta que estamos hablando de chicos y chicas que cuando comenzó esta situación tenían apenas cinco años”.

Con el guardapolvo puesto

Además de llenar las paredes de su casa con afiches, calendarios, letreros, dibujos y recortes de figuras coloridas, Andrea tuvo que adaptar la tecnología a este momento repleto de virtualidad y aprendizajes remotos. Cuanta que por suerte pudo hacerlo: “Básicamente uso el celular y una computadora medio viejita sin cámara ni micrófono, ahora compre una más porque en casa somos tres personas estudiando ya que además de dar clases yo también estudio”, sin embargo, la adaptación más importante que tuvo que hacer fue la de lograr acomodar el tiempo al trabajo. “No sé si se trata de una mayor carga horaria, pero hay actividades que me llevan más tiempo, por ejemplo, la edición de estos videos subirlos, planificar y acomodar las actividades. Parece que no tuviera horario, pero me adapto. Una noche a las 00.30 horas me llego un video de un alumno, era el momento en el que por su conectividad consiguió mandarlo, fue una alegría recibirlo y saber que lo había hecho. Organizar el tiempo es fundamental y si bien allá por marzo o abril se nos corrían los horarios familiares, logré acomodarlos cuando cuando me puse firme en el horario de colegio tal como si estuviera en el aula, ¡hasta el guardapolvo me pongo! Así acomodo mis días”.

¿Qué enseñanza te está dejando este contexto?

“Esta situación nos ha llevado a replantearnos qué son las cosas importantes. Cada persona es un mundo, para enseñar se necesita pasión, yo por suerte son una apasionada de esta carrera, tuve opciones de estudiar otras diferentes, pero a mí lo que siempre me gustó fue y es enseñar.  La tarea pedagógica es esperanzadora. Y hay un descubrimiento de distintas realidades en las que uno se involucra indefectiblemente, tuve alumnos que faltaban a clases para cuidar a sus hermanitos porque su mamá y su papá salían a trabajar, y eran niños brillantes que se destacaban. Hay un universo de chicos que brillan en medio de esta pandemia y hay que alentarlos a estudiar, pero nos necesitan. Por eso creo que esta virtualidad no llegó para quedarse, necesitamos el contacto de la escuela. No podemos hacer burbujas y vivir encerrados, hay que poner un grano de arena para que este mundo sea mejor, la única manera es de hacerlo más amigable, con más justicia. Yo me crié en barrio San Vicente, mi papá estaba muy comprometido con la justicia social, ayudaba mucho, incluso a los más chicos les enseñaba a arreglar bicicletas, he visto a varios de esos chiquitos no llegar a grandes por morir en enfrentamientos”.

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